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Escuela para padres

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Cómo cuidar a los niños durante el frío

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Navidad está a la vuelta de la esquina y con ella viene un clima del cual en nuestra ciudad no estamos acostumbrados, sin embargo, existen algunas recomendaciones que puedes seguir para mitigar el frío y evitar que tus hijos enfermen. Esta es una lista que te recomendamos:

– Si saldrás a dar un paseo y caminarás con tu familia, es importante cubrir al niño con el mismo número de capas que a los mayores, ya que en ocasiones los papás les ponen más prendas de las que deberían llevar, sin recordar que los niños son más activos y terminan transpirando, lo cual puede resultar desfavorable para los pequeños.
– Ten especial atención en cubrir la cabeza y las extremidades. Estas áreas son más sensibles en los niños cuando tenemos bajas temperaturas, pues por ellas se escapa el calor corporal. Las orejas, la nariz, las manos y los pies se enfrían más rápido por eso te sugerimos proteger a los pequeños con gorros, bufandas y guantes.
– Elige prendas prácticas a la hora de vestir a tu hijo, recuerda que son niños y todo el tiempo están en movimiento. Si tienen prendas que les quedan más grandes, apretadas, con múltiples botones o cierres, será más difícil su movilidad.
– Verifica la temperatura de tu hijo, sobre todo si son niños menores de 12 meses ya que ellos guardan el calor con mayor dificultad.
– Recuerda que cuando un niño ha estado expuesto al frío intenso por más de una hora, la piel debe examinarse para detectar signos de congelación. Las manchas rojas son el primer signo de alerta.
– De la misma manera, puede suceder que el pequeño esté excesivamente abrigado y comience a experimentar hipertermia, los síntomas son: Sudoración excesiva, aparición de sarpullido, respiración rápida, agitación y fiebre. Si esto ocurre debes sustituir las prendas húmedas por ropa seca y eliminar una capa de vestimenta.
– Evita los cambios bruscos de temperatura. De nada servirá que tengas el interior de tu casa con altas temperaturas, si al salir vas a sentir mucho frío. Lo ideal es mantener una temperatura de 20 o 21 grados en interiores.
– Lleva una alimentación adecuada para combatir el frío. Haz que tu hijo haga 5 comidas pequeña durante todo el día, esto con la finalidad de que sus reservas energéticas no se acaben.
– La hidratación es importante y aunque durante el frío no haya sudor, es imprescindible que tu hijo continúe su plan de hidratación diaria.
– Evita la deshidratación en la piel de los niños, úntale cremas y lociones diseñados para el cuidado de la piel.

Conferencia

Educar para sentir y aprender a través de la experiencia

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Como parte de las actividades que tenemos en Escuela Para Padres, este martes 26 de septiembre, contamos con la presencia de Christian Nucamendi Lotfe, quien es psicóloga egresada de la Universidad Popular Autónoma del Estado Puebla (UPAEP) y coach por la ISBA de Barcelona, España.
En conferencia, donde asistieron padres de familia, nuestra invitada explicó la importancia de aprender a sentir a través de la experiencia, la diferencia de educar y adiestrar, así como, la importancia de los cambios, ya que éstos, son generadores de infinidad de herramientas que sirven a los seres humanos para enfrentar la vida diaria.
Nucamendi tocó el tema de los valores, y explicó la diferencia entre los universales y los valores en la familia, éstos últimos, son específicos y característicos de cada núcleo familiar, invitó a todos los presentes a reconocerlos y analizarlos.
De la misma manera, hizo otra reflexión al mostrar una lista cosas que la escuela enseña y las que se enseñan en la casa, algunas de ellas fueron:
En la escuela: conocimientos académicos, divididos en asignaturas, por ejemplo; física, matemáticas, biología…
En la casa: amar a Dios, la diversidad de género, discernir sobre política, hablar sobre sexo…
Es importante que, cada padre de familia, pueda identificar qué es lo que se enseña en cada lugar, de esta manera y con ayuda de la creatividad, cada uno de ellos, puede seguir con la formación de sus hijos sin delegar la parte que les toca, asumiendo la responsabilidad que esto conlleva.
La psicóloga y coach, compartió varios videos para sensibilizar a los presentes, así como diversa bibliografía, como un refuerzo para llevarse a casa.
Sin duda, estos nuevos conocimientos, ayudarán a nuestros padres de familia a ser mejores en esta labor maravillosa de formar a un ser humano.

“Educar es más que un verbo, es: crear, acompañar, fomentar, experimentar, crecer, inspirar.”

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Celos ante la llegada de un hermanito

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Los celos son un sentimiento normal que puede comenzar ante el nacimiento de un hermano. Cada niño lo manifiesta de manera distinta y muchos tratan de ocultarlo. Es una reacción normal y pasajera, en la que necesitan apoyo y comprensión por parte de sus padres.

“Yo entiendo lo que te pasa y te quiero mucho. Pero, no te permito ese comportamiento incorrecto que estás teniendo”. La postura comprensiva y tolerante es la que deben tomar los padres ante los celos de los niños,. Dejando claros los límites y normas de convivencia familiar.

Cada niño reacciona de forma diferente ante esta situación; hay algunos que tratan de ignorar al nuevo hermanito y no quieren ni oír hablar del pequeño, volcando sus sentimientos de hostilidad hacia su madre con la que tienen un comportamiento provocador y de oposición o desprecio. Estos celos, también pueden surgir en la escuela, agrediendo a otros niños, especialmente a los más pequeños. Otros, procuran colaborar y ayudar lo más posible en las tareas hacia el nuevo hermanito. Con este comportamiento, creen asegurarse el amor de su madre.
Hay niños que no manifiestan abiertamente sus celos y se dejan llevar hacia un sentimiento de apatía y de falta de participación y entusiasmo en los acontecimientos familiares y en sus juegos. “Ante esto, los adultos deben prestar especial atención, pues es muy fácil que pase desapercibido la reacción del niño que no está pidiendo más que cariño y apoyo.”
En la primera etapa de los celos, pueden aparecer todo tipo de dificultades. De
noche el niño duerme mal o tiene pesadillas, problemas de alimentación, descontrol de los esfínteres, lenguaje “aniñado”, etc. De repente piensa que el bebé le ha quitado lo que él más necesita: el tiempo que papá y mamá pasan con él; así cree que comportándose como un bebé le harán el mismo caso que a su hermano. Por eso es muy importante seguir pasando el mismo tiempo con el hermano mayor en el «ritual de acostarle», que para ellos es muy significativo. Con este comportamiento regresivo, el niño vuelve a etapas anteriores en su evolución. Aunque parezca paradójico, esta regresión constituye una etapa normal entre dos estatus bien diferenciados, ser hijo único y ser el hermano mayor. Por normal general este periodo no dura más de algunos días o semanas.

¿Qué deben hacer los padres?

Según los especialistas es fundamental preparar al niño antes del nacimiento del bebé. Hay que comunicarle personalmente la noticia; los niños son agudos observadores y a menudo notan los cambios físicos en el cuerpo de su madre, en su actitud e incluso en su humor. Ante esto, los niños piensan que se les ha dejado de querer y que algo terrible va a sucederle. Por este motivo hay que hablarle claramente, para disipar sus dudas y sus miedos.
Además de comunicarle la noticia, tranquilizarle y asegurarle que se le va a seguir queriendo exactamente igual que antes, una vez que haya nacido el bebé debemos ser pacientes y comprensivos. Hay que tener en cuenta que el niño gozaba hasta ese momento de la atención y cariño exclusivo de sus padres. Es normal que reaccione de las maneras que hemos citado antes cuando su idílica situación se ve interrumpida por la llegada del nuevo hermanito. De pronto se ve obligado a compartir todo, cuando él todavía está en una etapa egocéntrica (hasta los 4 ó 5 años aproximadamente), le resulta casi imposible tener un comportamiento generoso hacia su hermano. Ante todo esto, es necesario:

? Realizar los cambios necesarios en la vida del niño bastante antes de que llegue el bebé; como quitarle el chupete, el cambio de cama, la entrada a la escuela infantil o al colegio, etc. para que no los asocie con la llegada de su hermano. Y procurar que haya los menos cambios posibles durante un tiempo tras el nacimiento del bebé.
? Es muy importante tratar de mantener las rutinas, a pesar de lo demandante que resulta tener un nuevo bebé en casa. Los grupos de juego, clases, escuela, comidas, hora del baño y la hora de ir a la cama generalmente funcionan en un determinado horario. Trata de mantener, dentro de lo que te sea posible, el programa habitual. Esto le demuestra a tu hijo que a pesar de la disrupción (tanto positiva como negativa), valoras su vida y sus intereses, además de su lugar dentro de tu familia
? A pesar de que ahora el centro de atención es el recién nacido, no se debe olvidar que el hermano mayor también necesita su dosis de atención y de afecto.
? Hay que dedicarle tiempo exclusivamente para él. Los bebés son muy demandantes y los niños se vuelven más demandantes todavía cuando nace el bebé. Es importante hallar momentos en que puedas estar a solas con tu hijo mayor, momentos en tu día o semana que tu hijo sienta que te tiene para él solito. Es fundamental que el niño tenga un momento especial con su madre, ya sea aprovechando la rutina de leer cuentos por media hora antes de irse a dormir o ir a la plaza a jugar sin el bebé.
? Explicarle que papá y mamá le quieren exactamente igual que antes aunque no puedan dedicarle todo su tiempo.
? Hay que permitirle que algunas veces siga comportándose como un bebé y, al mismo tiempo, estimularlo a abandonar algunas de sus demandas y conductas regresivas para que de esta manera vaya haciéndose más independiente y maduro.
? Aplaudirle sus logros y progresos; mostrándole todas las ventajas que tiene por ser mayor que su hermano.
? Es fundamental no ridiculizar los sentimientos del pequeño para no hacerle sentir que ya no nos preocupamos por sus cosas. Para él son muchos cambios de pronto, hay que darle tiempo para que los vaya asimilando.
? Es muy útil recordarle la época en que él nació, enseñarle fotos de cuando era un bebé, de cuando le bañaban, le daban de comer y le atendían como ahora hacen con su hermano. Y, alentar que el bebé es de toda la familia, no sólo de los padres y que, por lo tanto, hay que cuidarlo entre todos.
? No hay que obligar al niño a demostrar unos sentimientos de amor que no siente. Frecuentemente se le dice que dé besitos y caricias a su hermano. Esa actitud no hace sino disfrazar los celos que siente. Es mejor que sea él solo quien poco a poco vaya acercándose a su hermanito.
? Será bueno ignorar sus malos comportamientos (no premiar esas llamadas de atención con nuestra preocupación o enfado) y alabar su conducta cuando haga lo correcto o cuando nos ayude a su manera con el cuidado del hermano menor.
? Ser pacientes, comprensivos y tolerantes con el niño, a fin de cuentas, ¿quién no ha sentido celos alguna vez? Y, sobre todo, no amenazarle nunca con quitarle el cariño, pues es precisamente lo que teme.

Al tener un hermanito el niño aprende a compartir el afecto y cariño de los padres, aprende a ser más generoso y empático con los demás. Esto es un enorme paso hacia la madurez e implica que el niño comienza a abandonar el espíritu posesivo propio de la infancia. “Cuando el niño vaya creciendo, encontrará una camaradería que se desarrolla entre él y su hermano menor. En realidad los hijos únicos pagan un alto precio por su relación exclusiva con sus padres. Los celos y la envidia que le provocan esta relación de sus padres, se diluye al tener otros hermanos con los cuales intercambiar estos sentimientos.”

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Tiempo para los hijos, calidad y cantidad

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Dedicar a los hijos tiempo “de calidad” se ha convertido en una propuesta de la que se habla tan frecuentemente y con tanta insistencia, que muchas personas han caído en la trampa de creer que sólo la calidad es importante y, por ello, le restan importancia a la cantidad.

¡Claro que la calidad es importante! Sin embargo, en la mayoría de los casos, es imposible lograr calidad si no se parte de una cantidad de tiempo adecuada. No se puede hornear un pastel, aunque se utilicen los mejores ingredientes, si no se dispone del tiempo requerido para ello. Tampoco puede lograrse una cosecha, aun con ayuda de los mayores avances tecnológicos, si se restringe demasiado el tiempo. Si realmente se quiere participar activamente en la formación de los hijos, no basta con dedicarles “cuarenta y cinco segundos al día”, aun cuando estos segundos sean de “altísima calidad”.

Los dos parámetros son importantes: cantidad y calidad. Por lo mismo, es indispensable encontrar esos lapsos de contacto -que no sean demasiado pequeños- y hacer lo necesario para que dichos tiempos sean realmente de calidad.

CUANDO EL PROBLEMA ES LA FALTA DE TIEMPO

Hay padres que se quejan de no tener tiempo para los hijos porque se ven en la necesidad de dedicar demasiadas horas a trabajar, a fin de poder satisfacer las necesidades familiares. La limitación de tiempo es una realidad, pues el tiempo es uno de los recursos más escasos, y no hay fórmula que valga para hacer que el día tenga más horas. Así la solución al problema de la comunicación de los hijos debe enfocarse a encontrar la manera de hacer un mejor uso de ese poco tiempo disponible.

Para ello, lo primero que tienen que hacer los padres es enlistar los bloques de actividades a las que le dedican tiempo cada día: trabajo, traslados, reuniones sociales, televisión, periódico, etc. Esto tiene el objetivo de identificar aquellos bloques a los que se les invierte mucho tiempo y aportan muy poco y tomar conciencia de aquellos bloques a los que, a pesar de su gran importancia, no se les está dedicando el tiempo que requieren.

Partiendo de esa “fotografía completa”, puede hacerse un proceso de reacomodo, a fin de restar algo de tiempo a las actividades menos importantes y dedicárselo a lo que realmente vale la pena, como el tiempo de contacto con la familia y con cada uno de los hijos para participar más activamente en su proceso de formación y educación.

Aunque la vida de cada familia es diferente y sus necesidades y problemas son muy particulares, hay ideas, como las que enlistamos a continuación, que pueden servir casi a cualquier familia:

? Establecer, de común acuerdo, tiempos para la convivencia familiar. Una familia debe establecer, con el acuerdo de todos sus integrantes, tiempos para convivir. Un ejemplo de ello podría ser la comida de los domingos, en la que todos deben participar y comprometerse a no fallar, como si fuera algo “sagrado”.
? Involucrarse en las aficiones de cada uno de los hijos. Son admirables las familias que se involucran con los equipos deportivos en los que participan sus hijos; hay quienes van de pesca o cacería con ellos o que simplemente están al tanto del equipo favorito del hijo y aprovechan la afición como un punto de contacto para establecer una conversación que puede llevar a otros temas.
? Aprovechar las oportunidades espontáneas. Si un hijo está viendo un programa de televisión, el padre o la madre puede preguntarle si no le incomoda que lo acompañe. Ese contacto es una oportunidad para hablar acerca del tema del programa y, así, conocer la manera de pensar de los hijos y compartir con ellos los puntos de vista de los padres.

Éstas sólo son algunas ideas que pueden servir de guía, que pueden marcar un rumbo; sin embargo, cada familia debe buscar una fórmula propia, adecuada a su realidad.

EN QUÉ CONSISTE EL TIEMPO “DE CALIDAD”

El tiempo dedicado a las relaciones interpersonales es de calidad cuando favorece, motiva, promueve, e incluso incita, a la convivencia, al intercambio, al diálogo, al aprendizaje, al gozo y al crecimiento personal de los involucrados. Cuando el tiempo dedicado a las relaciones interpersonales es de calidad, hay un balance positivo en los resultados que los participantes logran a lo largo del tiempo que pasan juntos.

La percepción que cada persona tiene del tiempo es subjetiva. Todos hemos experimentado que hay situaciones en las que los minutos nos parecen horas y jornadas enteras que pasaron frente a nosotros como si hubieran durado unos cuantos segundos.

El que tanto los padres como los hijos disfruten el tiempo que pasan juntos y experimenten la sensación de que ese tiempo estuvo bien empleado y que valió tanto la pena que les hubiera gustado que se prolongara, es un excelente indicador de que el tiempo que se está dedicando a los hijos es de calidad.

CÓMO LOGRAR LA CALIDAD

De nada sirve dedicar más tiempo a los hijos si ese tiempo se convierte solamente en un estar simultáneamente en el mismo lugar. Es importante que ese tiempo de convivencia, permita reforzar la relación y contribuir a que, tanto padres como hijos, a través de esa convivencia, sean mejores personas.

Pero eso no sucede solo, ¡hay que provocarlo! Para ello, es importante realizar acciones enfocadas a ese propósito, entre las que pueden considerarse las siguientes:

? Demostrar interés. Cada vez que un hijo comenta algo, hay que demostrar interés en lo que está diciendo, mediante algún comentario positivo como: “Me gustó esa idea”, “¡qué interesante!”, etc., o, al menos, mantener el contacto visual con el que habla y asentir con la cabeza, para demostrar que se le está poniendo atención.
? Empatía. Mostrar que realmente se está en sintonía con lo que el hijo o la hija está sintiendo. Si la hija está triste porque cortó con su novio, es necesario hacer lo posible para ponerse en su lugar y demostrárselo. Esto no puede fingirse: tiene que ser auténtico. Si no pueden “sintonizarse” los sentimientos, al menos hay que decir algo como: “seguramente esto debe estar provocándote mucho sufrimiento”.
? Aceptación. Es una forma de demostrar respeto, aun cuando el hijo diga algo con lo que los padres no estén de acuerdo. El hecho de decirles “entiendo que esto es importante para ti” o hacer un breve resumen de la idea presentada por el hijo, le hace ver que se le escucha, que se le presta atención. En estos casos hay que evitar interrumpirlo para rebatir sus puntos de vista, hasta lograr que el hijo sienta que se le comprende. Después se buscará el momento y la forma, si fuere el caso, de dar el punto de vista de los padres.
? Alegría y sentido del humor. Se requiere hacer lo necesario para que el tiempo que se pasa en familia, y con cada uno de los hijos en particular, esté salpicado de detalles, ingenio, broma sana, risa y alegría. Eso hace que los momentos de convivencia sean deseables y memorables.

Cuando un hijo se siente escuchado, tomado en cuenta y tratado de una manera espontánea, positiva y alegre, y no como una “molestia” o un “mal necesario”, los momentos de interacción con sus padres resultarán constructivos, memorables y altamente productivos: ambas partes estarán compartiendo un auténtico “tiempo de calidad”.

Texto escrito por:

Jorge Zuloaga Chávez, Licenciado en Sociología y en economía den la Universidad de Monterrey. Estudió Maestría en Administración en el Tecnológico de Monterrey y Maestría en Desarrollo Organizacional en la Universidad de Pepperdine, en Estados Unidos. Actualmente es consultor de empresas.

Norah Zuloaga estudió la licenciatura en Educación en la Escuela Normal Labastida, de Monterrey, N. L., y cursó un diplomado en Desarrollo Familiar. Actualmente ofrece consultoría familiar.

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Niños sobreprotegidos

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Para empezar y en líneas generales, pongámonos en situación: durante el primer año de vida, las reacciones emocionales del niño están ligadas a la presencia de la madre.

Entre el primer y tercer año se adquieren el lenguaje y la marcha, que lo llevan a explorar el mundo, se hacen adquisiciones psicomotoras y se estructuran lazos afectivos. El niño tiende a independizarse. También en este período ocurre el aprendizaje del control esfinteriano. La conducta del niño dependerá en gran parte de la actitud de los adultos. El Yo va configurándose dentro de un mundo del cual el niño forma parte.

Entre los 3 y 6 años, período pre-escolar, la relación se establece entre varias personas: madre-padre-hermanos-otros. El niño va accediendo a su propia identidad, toma conciencia de las diferencias sexuales anatómicas y se inicia la sociabilidad.

Alrededor de los 7 años se logra la lateralización definitiva de ojo, mano y pie dominantes. El niño puede ser diestro, zurdo o ambidiestro, con lateralización total o cruzada. La relación con otros niños, inicialmente de rivalidad, se dirige progresivamente hacia el compañerismo y la participación.

Entre los 6 a 11 años, el niño se orienta hacia el mundo que lo rodea (extrafamiliar), se acelera el desarrollo de la socialización y la disciplina. Es la etapa escolar que favorece la influencia cultural, facilitada por la acción pedagógica y los contactos sociales. El pensamiento va tornándose más lógico y racional.

De los 11 a los 13 años, período puberal, con cambios psicofísicos notables, el carácter va estructurándose, adaptándose el comportamiento a la realidad. Empieza el control del mundo interior.

Hacia el 14º año comienza la adolescencia. Los desarrollos físico, psicomotor, intelectual y afectivo, cursan paralelamente. Las observaciones de la evolución somática y psicomotora son tan importantes que, particularmente al principio de la vida, pueden tener valor pronóstico y diagnóstico.

La adolescencia, es la etapa final de la edad evolutiva, considerando como tal el lapso comprendido entre el nacimiento y la adquisición de la estabilidad somática y psicológica propias del adulto.

Es una realidad que los padres no nacemos sabiendo educar a nuestros hijos, el intentar hacerlo bien hace que a muchos nos preocupen las consecuencias de nuestro comportamiento en relación a nuestros hijos. Lo que sí es verdad es que cuando ejercemos ese papel de padres, estamos haciéndolo nosotros como personas, es decir, con nuestra personalidad, miedos y lastres que han quedado muy marcados desde nuestra infancia hasta el momento de nuestra paternidad, esto hace que muchos padres/madres elijamos como patrón de conducta principal hacia nuestros hijos la sobreprotección.

Son padres sobreprotectores aquellos que se sienten totalmente responsables de lo que le pueda ocurrir a sus hijos. Están constantemente pendientes de sus movimientos, procuran anticiparse a sus necesidades, y desean evitar a toda costa que su hijo o hija lo pasen mal resolviendo sus problemas en el colegio, en la calle, con sus amigos o en la casa, sin dejar que el niño se enfrente a las consecuencias de sus actos, o sin facilitarle que desde pequeño empiece a resolver sus propios problemas. Incluso, cuando los hijos llegan a la adolescencia, continúan intentando controlar todos sus comportamientos, sus entradas y salidas, que hacen y qué no hacen,… limitando a veces tantísimo su libertad que los niños se pueden considerar totalmente diferentes a sus amigos.

Consecuencias de la sobreprotección

? Bajo concepto de sí mismo, puesto que, aunque haya intentado tomar sus propias decisiones, el control y consejos de los padres ha dado lugar a que no vea las consecuencias de éstas. A este chico le falta la valoración positiva externa de sus comportamientos y decisiones; pero también le falta la autovaloración sobre estos comportamientos y decisiones, aspecto fundamental para poder desarrollar un autoconcepto y una autoestima sana.

? Dificultades en el aprendizaje y puesta en práctica de habilidades sociales, estos chicos tienen dificultades para entablar o mantener relaciones y amistades. A veces son niños muy tímidos, que les cuesta iniciar conversaciones, integrarse en grupos y, en seguida que algo no sale como les gustaría, se sienten mal y prefieren retirarse. Sus padres no les han permitido solucionar sus propios problemas porque ya los han solucionado ellos por ellos. La consecuencia es el no aprendizaje de habilidades de solución de problemas, algo necesario para las relaciones personales. Este aprendizaje es fundamental para la vida como adulto, tanto en el área familiar como laboral.

? Dificultad para tomar decisiones por sí mismo, estos niños se convierten en personas muy dubitativas a la hora de tomar decisiones. Algunas decisiones pueden ser muy angustiosas, no saben si van a tomar o no la decisión correcta. Se sienten inseguros sobre las repercusiones que podrá tener una determinada decisión. Y la consecuencia es la demora en tomar decisiones, con toda la angustia y el malestar que implica la indecisión. Esto les lleva a disfrutar menos del día a día, porque simples decisiones les pueden llevar horas o días. Y esto contribuye de nuevo a que su autoestima siga disminuyendo, al no verse capaces de tomar decisiones que, según observan, para otros pueden resultar fáciles. Además, la autoestima sigue disminuyendo también porque, al retrasar decisiones, siguen sin poder ver los resultados de sus acciones, y siguen sin poder verse como personas válidas, capaces de pasar a la acción.

? Búsqueda de su seguridad en otros, tienden a apoyarse en los demás, para que tomen decisiones por ellos. Se sienten inválidos ellos solos, y necesitan que alguien les proteja, les de seguridad. Pensemos en las importantes y graves consecuencias que puede tener esta situación conforme van creciendo.

? Tienen tendencia al pensamiento negativo y a tirar la toalla, ante una dificultad que no saben cómo enfrentar, prefieren no enfrentarse, dejarla pasar de largo, evitarla, que ponerse manos a la obra y ver posibles soluciones. Se sienten incapaces de hacer algo y, a la vez, tienen miedo a equivocarse, por lo que muchas veces ni siquiera lo intentan, y así evitan fallar. Su pensamiento es negativo respecto a las propias capacidades de solucionar esos problemas. Volvemos de nuevo a alimentar esa autoestima negativa.

? Relaciones difíciles con los padres, además de culparles de haberles cortado mucho la libertad en su desarrollo haciendo que dejaran de hacer cosas porque podía ser peligroso (quizá cosas habituales en otros niños de su edad). Debido a ello, las discusiones con los padres pueden ser frecuentes, la culpabilización hacia ellos puede ser la norma general. Esta culpabilización a su vez lo que está haciendo es que al culpar a otros de los propios problemas, no le está permitiendo a la persona fijarse en lo que puede hacer para sí misma, para mejorar.

? Depresión, en muchos casos, estas personas acaban desarrollando una depresión a consecuencia de su baja autoestima y autoconcepto, y de sus dificultades para resolver problemas en su vida diaria. Estos dos puntos se van retroalimentando continuamente, y eso hace que la persona se vea incapaz de tener una vida feliz y como consecuencia llegar a una indefensión aprendida (La indefensión aprendida es la sensación de no poder controlar los acontecimientos que le ocurren, la sensación de que haga lo que haga su situación no puede cambiar, le lleva a no saber qué hacer para solucionar su situación, y a sentirse cada vez peor).
¿Qué podemos hacer?

? Transmitir al niño una percepción tranquilizadora del mundo. Ver peligros por todas partes y no concederle gradualmente la autonomía necesaria le crea mucha inseguridad. Añadir también una dosis de ansiedad constante significa correr el riesgo de bloquear o retrasar muchos de sus descubrimientos.

? Tratar de darle ejemplo, mostrándole que, aunque se equivoque y las cosas no vayan como querría, siempre existe la posibilidad de solucionar los problemas. El niño hace suya esta actitud a partir del ambiente en el que crece, y la “absorbe” por imitación.

? Recordar que la sobreprotección de los padres, a la larga, afecta al niño. El niño sobreprotegido puede desarrollar una sensación de inferioridad y de incapacidad, permaneciendo excesivamente ligado y dependiente de los padres.

? Hay que dar confianza al niño cuando asegura que “no puede” hacer algo. En los primeros años, el niño debe aprender muchas habilidades, y sus movimientos se deben perfeccionar. Cuando se desanima y habla de sí mismo subrayando únicamente la parte negativa (“no puedo”), es importante rebatir su punto de vista, demostrándole que sí sabe hacer muchas cosas solo.

? El hecho de sentir que mamá y papá se ocupan de él le aporta una gran seguridad. Elogiarle cuando logra hacer algo solo, o ayudarle sin dramatizar cuando tropieza y se cae, son otros estímulos que le ayudan a aumentar su autoestima.

? Inculcar demasiado miedo puede frenar la vitalidad de los niños y, en cualquier caso, hacerles escoger el camino equivocado. Algunos estudios han relacionado un comportamiento excesivamente timorato de los padres con comportamientos transgresivos y agresivos de los hijos, una vez son mayores.

¿Qué NO debemos hacer?

1. No infravalorar los miedos del niño, pero tampoco exagerar con la compasión. Cuando se le dice “pobrecito”, en realidad, sólo se están atenuando los efectos del consuelo. De hecho, al niño le parecerá que existe una amenaza real a la que debe temer.

2. No excederse con las advertencias del tipo “cuidado, que te vas a caer”, o “no vayas allí, que es peligroso”. Repetir estas frases continuamente tratando de evitar el enfrentamiento inevitable con el riesgo puede crear en el niño el miedo a no ser capaz de defenderse y dominar su integridad.

3. No hacer las cosas por él cuando no puede hacer algo. Protegerle de las frustraciones no le ayuda a ser autónomo. La autoestima del niño se forma en los primeros años de vida, en función de los juicios que se expresan sobre su persona y sobre sus capacidades.

4. No intervenir enseguida en cuanto el niño sufre un acto de prepotencia por parte de otro niño de su edad. De lo contrario, nunca aprenderá a defenderse solo y siempre recurrirá a la ayuda de sus papás.
Proteger y ayudar a los hijos a solucionar sus problemas ayuda a su desarrollo. Evitar que los niños sufran solucionando sus propios problemas, cuando ellos mismos los podrían solucionar, hace que los niños a corto plazo se sientan bien y protegidos (“mis papis me defienden”), es un alivio temporal. Pero esta situación hace que a largo plazo todos los miedos de los padres sobre el sufrimiento de sus hijos, se cumplan.

Tiempo con los hijos

Estrechando lazos afectivos con mi hijo

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En la iniciación de los vínculos afectivos son de especial importancia el contacto con los ojos, las caricias, la charla sedante y otras conductas afectivas que comienzan a crear lazos emocionales positivos.

Debemos tener en cuenta que crear lazos afectivos saludables con los hijos no sólo es cuestión de dedicar más tiempo sino buscar la calidad en esas relaciones. Es decir, no basta con que estemos cerca de ellos físicamente durante cierto tiempo, sino que haya una relación dual adecuada, de comunicación y expresión de sentimientos.

He aquí algunas sugerencias:

a) Saber escuchar a nuestros hijos es la clave

A muchos padres les parecerá trivial pequeñas anécdotas del colegio u otras que el hijo puede explicar comparadas con sus propios problemas. No obstante, ante cualquier demanda del niño o del hijo adolescente, debemos tener tiempo para escucharle.

Lo que nos importa como padres no es tanto solucionar el “problema puntual” de nuestro hijo sino lanzarle un mensaje muy potente que transcienda al propio problema a saber: “Tus padres están ahí para escucharte y ayudarte en lo que necesites”.

Esta es la mejor base para que los niños y jóvenes crezcan emocionalmente fuertes y reduzcamos los miedos y conductas desadaptadas a partir del reforzamiento de su propia seguridad afectiva.

b) La empatía parental

Es la capacidad de percibir los signos emocionales del niño o joven por las que manifiesta sus necesidades de atención afectiva y saberles dar la respuesta adecuada.

Uno de los principales obstáculos para que los padres escuchen a sus hijos es que dedican buena parte de su comunicación a reprenderles o a recordarles las normas de conducta que se esperan de ellos. Es muy fácil marcar conductas y diferenciar entre lo aceptable y lo inaceptable. Pero, si no sabemos interpretarlos, si no somos capaces de leer en clave emocional muchas de estas manifestaciones, es probable que no se sientan respetados ni comprendidos y, por tanto, no solucionemos el problema.

c) El concepto de resilencia parental

La resilencia es un concepto que hace referencia a la capacidad de ciertas personas, -incluidos los niños y adolescentes-, para hacer frente a los factores y circunstancias adversas que nos depara la vida.
Los sujetos con resilencia son capaces de seguir construyendo su futuro de forma equilibrada y sana pese a las experiencias difíciles, los traumas vividos y las carencias afectivas tempranas.

El desarrollo de esta capacidad es posible tanto para los padres como para los hijos y de su establecimiento en los más pequeños va a depender de la existencia de una parentalidad sana, competente y que sirva de modelo adecuado.

Los padres resilientes tienen la capacidad de tomar el timón de sus vidas, saben identificar y analizar las situaciones problemáticas que afectan a la familia y tomar las decisiones oportunas con solicitud de ayuda si lo consideran necesario. Esto no lo hacen tanto desde el desánimo sino como de la voluntad e iniciativa de cambiar las cosas por el bien de toda la familia.

d) Aprender a hablar de nuestros sentimientos y emociones

Debemos enseñar a nuestros hijos a identificar sus emociones para que así puedan encauzarlas debidamente. Para ello debemos atender a lo que hace cada día (ir al colegio, de excursión, etc.), pero fundamentalmente a cómo se ha sentido en las diversas situaciones (triste, alegre, enfadado, rabioso, etc.).

Enseñarles a hablar acerca de sus sentimientos supone un buen recurso para construir una personalidad sana.

Un buen momento para hablar de las emociones es cuando nuestro hijo ha tenido algún berrinche o mala conducta en casa. En estos casos es mejor dejar los “razonamientos” para más tarde cuando las cosas han vuelto a la normalidad.

Otro buen momento puede ser por la noche justo antes de acostarse. Entonces podemos analizar lo ocurrido y sacar las emociones de unos y otros. Los padres pueden manifestar su tristeza y decepción por la conducta de su hijo y éste explicará cómo se ha sentido antes y después de lo ocurrido. Todo ello independientemente de la sanción o castigo que hayan determinado los padres.

e) Ser coherentes y predecibles

Los padres son los referentes y los modelos principales hasta, al menos, la adolescencia. Construir lazos afectivos significa también crear un entorno coherente y predecible. Si exigimos a nuestros hijos comportamientos o actitudes que son contrarias a nuestra propia forma de actuar, crearemos dudas y desorientación.

Es aconsejable que incluso cuando se dan conflictos serios entre la pareja, seamos capaces de consensuar unas líneas educativas comunes de actuación con ellos, independientemente de nuestras diferencias como adultos.

f) Fomentar los estilos democráticos

Este estilo educativo denominado “democrático” y considerado como el óptimo, según algunos estudios, se caracteriza por que el niño o adolescente se siente amado y aceptado, pero también comprende la necesidad de las reglas de conducta y las opiniones o creencias que sus padres consideran que han de seguirse. Como padres debemos saber ser generosos pero, a la vez, es imprescindible establecer límites claros a las conductas y demandas de nuestros hijos. Si así no se hace, las demandas aumentarán y la percepción del niño será de que tiene el control sobre nosotros y que sus solicitudes son derechos reales a los que no tiene por qué renunciar.

Reforzar la vinculación y proporcionales afecto no significa ceder a todas sus demandas.

g) Incrementar los tiempos de ocio juntos

Dedicar más tiempo con los hijos es siempre una buena elección pero deberemos también buscar una mejora en la calidad del mismo. De nada nos servirá estar todo el día con nuestros hijos si ello no nos proporciona espacios comunes de juego y comunicación. Los juegos familiares, la lectura de cuentos a los más pequeños, el poder hablar de temas de su interés a los adolescentes, etc., son actividades esenciales para potenciar los lazos afectivos.

Es también muy importante hablar sobre lo que sucede y nos preocupa en el día a día. Actualmente la televisión, las nuevas tecnologías, etc., nos roban espacios comunes y se hace más difícil el intercambio de experiencias entre padres e hijos. Hay que buscar o crear los espacios necesarios si no existen.

Para crear espacios de comunicación de forma estructurada (cuando éstos no existen o son escasos) puede resultar útil introducir lo que llamamos diario emocional. Se trata de una pequeña libreta (escogida por el niño adolescente) donde va anotando las pequeñas incidencias del día (bajo supervisión de los padres) y también lo más importante: las diferentes emociones implicadas. Es un ejercicio de reconocimiento y trabajo sobre las emociones que ayuda a los niños a expresar sus sentimientos y a los padres a conocerlos para poder ayudarles más eficazmente y prevenir la aparición de conductas no deseadas.

Hijo difícil

Mi hijo es un niño difícil ¿Cómo lo ayudo a cambiar?

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Educar bien es un arte que hay que aprender, incluso antes de que los hijos nazcan, sin esperar a que los hijos tengan su merecida, necesaria y obligatoria autonomía de decisiones. Siempre hay que tratar que los hijos no pierdan el respeto a sus padres y se conviertan en difíciles.

Los hijos no nacen difíciles, se van haciendo difíciles, en tanto y cuanto sus padres lo consienten y no les educan bien. El hijo suele empezar, poco a poco, a hacerse difícil, amparándose en el consentimiento de uno de los padres.

Tener un hijo difícil no es un problema insoluble ni irreversible, puede ser un hijo problemático, debido a que se siente mal consigo mismo, incomprendido y que incluso no ve el cariño, las acciones y los consejos que recibe de sus padres. Esta situación suele ser fruto de que los padres no han sido capaces de educar correctamente a sus hijos, atajando desde el principio el problema.

No es fácil educar bien a los hijos, pero si se tienen las herramientas convenientes y el conocimiento adecuado, es seguro que haremos un buen trabajo.

Como prevención para evitar los futuros conflictos internos con la familia y externos con la sociedad, los padres tienen que detectar a tiempo los síntomas que preceden a que los hijos sean difíciles.

Ser o no ser difícil, genera que la gente se aleje o se acerque a ellos y les abra o cierre las puertas. Las puertas abiertas son la oportunidad de vivir una vida más plena, al poder desarrollar las posibilidades internas.

Características principales de los hijos difíciles:

  1. Algunos son producto de la mala educación recibida de sus padres. Hablan a sus hijos en un lenguaje impropio de sus edades físicas o mentales y eso les confunde y les vuelve difíciles. Casi siempre los padres tienen una gran responsabilidad en la educación de los hijos difíciles.
  2. Suelen tener estas características: son huraños, maleducados, agresivos, intolerantes, exagerados, envidiosos, irritables, se ponen furiosos enseguida, son poco tratables.
  3. La mayoría de las veces están llenos de: envidia, celos, tristeza, pesar, culpa, resentimiento, soberbia, inferioridad, mentiras, falso orgullo y ego.
  4. Contagian a los demás. Nunca están conformes con nada. Son difíciles de tratar en la familia y en la sociedad.
  5. No demuestran bondad, alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, amistad, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe.
  6. No se dan cuenta o no se la quieren dar, de su mala conducta. En su fuero interno creen que los demás son los que les provocan, aunque la mayoría de las veces sean ellos los provocadores.
  7. Por su carácter insaciablemente caprichoso y difícil, se sienten aislados de su entorno, familiar, escolar y social, debido a que casi nadie los acepta como son.
  8. Son de muy difícil satisfacción. Su conducta siempre es negativa y no tiene límites en ningún aspecto. Son de comportamiento descontrolado y voluble.
  9. No son felices aunque tengan todos los bienes materiales a su alcance, no paran de exigir más.
  10. No miden las consecuencias de lo que hacen, ni los riesgos que toman cuando quieren hacer algo, solamente quieren obtener satisfacciones y premios.
  11. No demuestran ningún interés por el esfuerzo para conseguir algo o por el trabajo bien hecho, sea obligatorio o voluntario en la familia, escuela o sociedad. Aplican la ley del mínimo esfuerzo y la exigencia de derechos, pero sin asumir obligaciones.
  12. Los hijos difíciles suelen juntarse con otros hijos difíciles que también se oponen a cualquier tipo de normas que les imponga la familia, la escuela o la sociedad. Se juntan con otros que sean caprichosos, que no tengan respeto por nadie, que no tengan límites en sus actuaciones, que sean malos estudiantes, que tengan muchos derechos y pocas responsabilidades. etc.
  13. Los hijos difíciles están siempre a la defensiva, e insisten en que saben más que nadie. No están acostumbrados a que les lleven la contraria.
  14. Los hijos difíciles, casi siempre están indignados consigo mismo. No les importa el esfuerzo, el trabajo y la calidad de vida de sus padres. Sólo quieren: Que me den y que me den, sin dar ellos nada a cambio.

Estos puntos te ayudarán a saber si tienes un hijo difícil o no, pero ten cuidado, no etiquetes a tu hijo si cumple con una o más de estas características, pues si es así, es más fácil trabajarlo y comprenderlo. Incluso, es como una señal que te indica que como papá, puedes reivindicar el camino mejorando su educación de una manera más fácil.

Consejos sobre cómo tratar a los hijos difíciles:

  1. Apoyarle con mucho amor y entendimiento, teniendo una mente abierta y un corazón sano. Cuanto más difíciles sean, más énfasis tienen que poner en esos puntos para intentar reconducirlos a una situación normal de convivencia en la familia y en la sociedad. Que sepan que sus padres están a su lado en todo momento, por muy difíciles que sean sus caracteres.
  2. Convencerle que debe aceptar la política familiar de “cero tolerancia” a los horarios, respeto, educación, etc. También debe aceptar la revisión frecuente de sus pertenencias, mochila, bolsillos, habitación, teléfono, pantallas electrónicas, redes sociales, etc. y que si aparece algo anormal, se comente frente a la evidencia.
  3. Darle el espacio familiar que le vaya correspondiendo en relación con su edad física y mental, no tratarles por debajo de esa edad. Antes de hablarles escuchen bien y con mucha atención y cariño lo que ellos le quieren decir.
  4. Enseñarle y fomentar a que sepa dar su opinión, pero siempre con respeto, tanto por parte de los padres a los hijos, como de los hijos a los padres y a los otros familiares.
  5. Escucharle con mucha atención. Los hijos difíciles, suelen ser el resultado de padres difíciles, que tampoco han escuchado, ni escuchan a quien deben hacerlo. Los hijos difíciles siempre creen que están preparados para enfrentarse sistemáticamente a los padres, maestros y a la sociedad.
  6. Evite poner etiquetas negativas, peyorativas o despectivas a sus hijos difíciles, pues no arreglan nada y lo único que se consigue es que el hijo se rebele más y los encontronazos sean peores y más frecuentes.
  7. Háblele de los privilegios que tienen por pertenecer a la familia, haciéndoles ver que algunos de estos privilegios no son derechos y que por lo tanto los privilegios se pueden perder por el mal comportamiento o por la irresponsabilidad de sus actos.
  8. Hágale comprender que no puede romper las reglas de la familia ni de la sociedad, por muy contrarios que sean a esas normas, pues tendrá consecuencias graves y en algunos casos irreversibles.
  9. Inculcarle el sentimiento de pertenencia a la familia, por muy difíciles que sean, fomentándoles su identidad personal y grupal, para que se sientan valiosos, necesarios y responsables.
  10. Manténgase firme en las decisiones. Que el sí de los padres sea sí y que su no sea no. Pero siempre dejando la puerta abierta para las posibles negociaciones razonables. Los hijos difíciles tienen que saber que en la familia hay unas jerarquías, que no somos todos iguales, pues tampoco las responsabilidades son las mismas. Siempre tenga una buena confianza en sus hijos para demostrarles que esperan que las cosas las hagan bien.
  11. Persuadirle de que pertenecer a la familia conlleva derechos y obligaciones y una de ellas es aprovechar los estudios, lo cual es una de las muchas formas de medir el esfuerzo realizado. Si los padres no se mantienen firmes en hacer obedecer las normas de obligado cumplimiento y no negociables, los hijos difíciles entonces harán las cosas que les apetezcan.
  12. Ponerse en la situación de su hijo difícil y pensar como le gustaría ser tratado por sus propios padres.
  13. Prevenir la actitud de los hijos difíciles y no dejar pasar sus primeros síntomas sin las correcciones oportunas, para que no vayan creciendo en cantidad ni en intensidad, evitando que los problemas se vuelvan crónicos.
  14. Educar a los hijos con el propio ejemplo en la práctica de las virtudes y valores humanos, aun a sabiendas de que la sociedad muchas veces va en la dirección opuesta y de que existe una doble moralidad.
  15. Es muy práctico para los padres aprender a manejar las habilidades, técnicas y herramientas necearías para aumentar el conocimiento de cómo educar a los hijos difíciles, pues si mejoran el estilo de educarles, los hijos aprenden mucho antes lo que tienen que hacer y no hacer. No olvidándose que las posibles llamadas de atención y correcciones deben ser inmediatamente hechas y siempre dentro del hogar.
  16. Educarles desde muy pequeños con costumbres para que posteriormente se conviertan en hábitos y estos en virtudes y valores humanos. Enseñarles que la vida comprende derechos, obligaciones, responsabilidades, consecuencias buenas y malas, sufrimientos, alegrías, premios y castigos, triunfos y fracasos, etc.
  17. Nunca deberán tratar a los hijos difíciles gritando, amenazando, con violencia física o de manera desesperada, pues esto suele ser derivado de que los padres se sienten a priori derrotados, ineficaces y manipulados. Los padres tienen que aprender, aunque nada más sea las mínimas reglas de comunicación positiva, si es que quieren sacar resultados provechosos para ambas partes. Tienen que aprender lo que deben hacer, lo que no den hacer y cómo lo deben aplicar a cada uno de sus hijos

 

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Amigos imaginarios

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Los amigos imaginarios corresponden a una forma de expresión que se manifiesta principalmente en niños preescolares. En la bibliografía especializada está descrito como un fenómeno que se da con más frecuencia entre los tres y cuatro años. Aunque hay quienes lo manifiestan hasta un poco más grandes.

Los amigos imaginarios pueden ser de distinta naturaleza, como personas u objetos, peluches, monos o personajes inventados. Y es con ellos con quienes el niño tiene un espacio para conversar, jugar y pelear.

En general, se supone que los amigos imaginarios tienen una función positiva para los niños en momentos en que ellos no son capaces de expresar bien sus sentimientos. Incluso hay ocasiones en que sus propios sentimientos negativos se los atribuyen a ellos. Por ejemplo, para evitar un castigo cuando el niño hace algo malo.

Por lo tanto, sus amigos imaginarios surgen para satisfacer algunas necesidades que no se les brinda en su medio. Hay autores que plantean que surgen debido a que el niño presenta carencias afectivas.

Los amigos imaginarios también surgen como respuesta a las idealizaciones e ideas positivas. Junto a estos personajes tienen espacio para satisfacer sus anhelos, necesidades y deseos, que no tienen en su entorno habitual, ayudándoles a eliminar la frustración que les producen factores externos que los afectan en el hogar y en la escuela.

Algunos estudios afirman que los amigos imaginarios suelen aparecer en momentos  cruciales para el niño  tales como al nacer un nuevo  hermanito, ante el divorcio de sus padres o cuando su padre o madre se ausentan por un largo tiempo o cuando la familia se muda a otra casa o ciudad.

Principalmente este fenómeno se da en niños que son hijos únicos o que conviven solo con el mundo adulto y que no han ingresado todavía a un jardín infantil, o a un espacio de sociabilización, y suelen desaparecer cuando el niño se relaciona con otros niños en la escuela o en el vecindario y/o cuando se adapta a la nueva situación que la vida le ha puesto enfrente.

Se supone que este fenómeno se da en un periodo que no abarca más allá de los seis años, ya que termina cuando los niños se incorporan al colegio y tienen otros amigos con quienes conversar, pelear, discutir o jugar.

Si se extiende en el tiempo y a pesar de que el niño ya está en el colegio no sociabiliza con sus compañeros, si tiene una conducta retraída podría transformarse en un problema. Al igual que, si su amigo imaginario se torna violento o si el niño se posesiona de un algo que tiene que ver con conductas agresivas. En ese caso se debe consultar a un especialista.

En cuanto a los padres, hay que mencionar que según estudios, cerca del 25% de ellos no se da cuenta de que sus hijos tienen un amigo imaginario.

Entonces, el principal consejo para ellos es que entiendan que no es algo patológico ni anormal y que deben estar cerca del niño para acompañarlo y así saber qué es lo que necesita o qué está queriendo compensar con su amigo imaginario.

Tienen que preguntarle en qué lo ayuda este amigo imaginario y qué cosas hace él para que los padres sepan qué busca y qué está expresando a través del amigo imaginario.

¿Cómo actuar?

  • Apoya la imaginación del niño, pero sin exagerar.
  • No permitas que los amigos imaginarios se lleven todas las culpas por algo que el niño haya hecho mal. Hazle comprender que sus actos tienen unas consecuencias que debe asumir.
  • Incentiva su creatividad.
  • Invita a amiguitos a casa y permítele que visite también las casas de otros niños.
  • No le satures de actividades.
  • Déjale escoger en qué quiere ocupar su tiempo libre.
  • Ayúdale a desarrollar actividades de juego donde tenga una participación activa y no le deje permanecer muchas horas en frente de la televisión en una actitud pasiva.
  • Ofrécele elementos que desarrollen su creatividad como plastilina, lápices, acuarelas, hojas de papel, rompecabezas, etc. En lugar de darle un montón de juguetes.

 

 

 

 

Hijos y padres

Preparar a los hijos para la adolescencia

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Educar a los hijos es una de las tareas más gratificantes como papás, sobre todo, si se hace de manera adecuada y se consigue que los niños que se convierten en adultos, sean personas felices y con valores.

Durante el crecimiento de los hijos, estos pasan por diferentes etapas, entre ellas, está la adolescencia que conlleva una serie de cambios que muchas veces puede resultar extenuante para los propios adolescentes y los padres.

Para que el proceso de los cambios en la adolescencia no represente un desafío y los papás no lo vean como una etapa que desean, llegue a su fin, la psicóloga Xóchitl Maldonado Padilla, disertó la conferencia: “Preparar a los hijos para la adolescencia”, a los padres de familia del Centro de Estudios “Benemérito de las Américas”.

Durante la ponencia que se llevó a cabo el martes 11 de febrero, la psicóloga habló sobre algunas maneras en las que los padres pueden prepararse y preparar a los niños para una transición sin inconvenientes que los lleve a lograr un mayor éxito en el desarrollo de sus actividades durante la adolescencia:

-Proveer un ambiente seguro y amoroso en el hogar: Desde que son pequeños, es importante mostrarle a los hijos amor y comprensión para que desarrollen una elevada autoestima y sepan que son importante para las personas que lo rodean.

-Crear una atmósfera de honradez, confianza y respeto mutuo: Inculcar valores y hacerle entender al niño que así como a él o ella se le respeta, también debe respetar a sus semejantes.

-Permitirle al adolescente la independencia apropiada para su edad: Debemos evitar quererlos tener a nuestro lado en todo momento, pero no por eso les daremos la libertad para que realice cualquier cosa. Un equilibrio sería lo más adecuado.

-Desarrollar una relación con el niño que le permita confiar en los padres cuando tenga preocupaciones o problemas: Debemos saber escuchar a nuestro hijo. La habilidad de hablar abiertamente acerca de los problemas es uno de los aspectos más importantes de la relación entre padres e hijos. Desarrollar esta relación requiere persistencia y comprensión y tiempo dedicado al niño.

-Enseñarle la responsabilidad básica con sus objetos personales y sus seres queridos: Hacerle entender que él o ella también son responsables de ciertos aspectos o cosas en su vida, todo conforme a la edad.

-Enseñarle la responsabilidad básica de ayudar en casa: Mostrar que siempre es bueno cooperar.

-Enseñar la importancia de aceptar límites: Todo se puede realizar, pero en la sociedad existen reglas y sus consecuencias por no acatarlas.

Sí como padres desarrollamos estas formas de educar durante la infancia, los años de la adolescencia de nuestros hijos serán de menor estrés, pues para entonces se tendrá formado un círculo de confianza, amor, respeto, cooperación, tolerancia y equilibrio en la familia de la cual sea parte.

“Para fomentar estos hábitos debemos aprovechar la oportunidad de pasar tiempo con los hijos durante las horas de comidas, contándoles cuentos, jugando con ellos, durante excursiones, vacaciones y celebraciones”, señaló la ponente, quien aseguró que tener una relación basada en la confianza, permite a los hijos discutir abiertamente con sus padres los problemas que surjan durante la adolescencia.

 

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Valores y familia

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Educar con valores es fundamental para formar hijos con conciencia moral y social, que tengan empatía por su prójimo, y realicen acciones para bien de la sociedad y de sí mismos.

Durante la conferencia disertada este miércoles 11 de septiembre en el Centro de Estudios “Benemérito de las Américas”, la psicóloga Xóchitl Maldonado Padilla, explicó esta y más aseveraciones con el tema: “Valores y familia”.

Como ejes principales del buen funcionamiento de una familia se contemplan los los siguientes:

-Los hijos aprenden con el ejemplo: En toda familia los hijos aprenden de los padres. Si los papás realizan acciones buenas, los hijos realizarán acciones buenas, por eso es importante cuidar lo que decimos y hacemos.

-La familia se fortalece poco a poco: Cuando formamos una familia, esperamos ver resultados óptimos de manera instantánea. Debemos estar conscientes que la familia es un todo que se crea con las aportaciones de cada miembro y que esta se fortalece por las buenas acciones que hagamos en periodo largo de tiempo. Debemos ser pacientes para ver los resultados.

-La convivencia es igual al mejoramiento de relaciones: Como padres se tienen múltiples actividades y cuando llegamos a casa lo único que deseamos es descansar; sin embargo, no debemos olvidar que tenemos una familia que nos espera, que desea saber sobre nosotros y que se pondrá feliz de que pasemos un momento agradable con ellos.

-Para convivir adecuadamente es necesario estar bien con uno mismo: Jamás vamos a disfrutar la compañía de los demás sino nos agrada lo que tenemos. Debemos dejar atrás los malos sentimientos para continuar el camino que estamos formando.

-Reglas y normas que se deben seguir: En cada familia debe haber reglas que ayudarán a que los miembros de la misma tengan un buen comportamiento, realicen sus rutinas y se respeten entre sí. En nuestra familia no debemos olvidar esto, ya que sin reglas a seguir corremos el riesgo de tener un descontrol.

-Sensibilidad sin dramatizar: Debemos ser sensibles, pero no llegar al punto de dramatizar. Es decir, darle a las situaciones la importancia debida.

-Pedir perdón, estimar y querer: Ofrecer disculpas no nos hace menos. Si como padres o madres cometimos un error con nuestros hijos es necesario hacérselos saber y pedir perdón y viceversa. Ellos lo valorarán y será cuando la estima y el sentimiento de amor crecerá.

Papás y mamás: Recordemos que los valores se muestran y se contagian.